Pandora

Por: Brenda Duarte

Me abrió paso el mar de gente que llegaba hasta el exterior de la iglesia, igual que a Moisés le abrió paso el Mar Rojo. Apenas una hora atrás, mientras estábamos a 30,000 pies de altura, nos habían dicho de su muerte. Ignoré, en la medida de lo posible, las decenas de miradas compasivas que se clavaban en nosotros: los hijos.

Vi el ataúd y supe que no estaba él ahí dentro; era imposible. Él era más alto que eso. A mis once años yo apenas si le llegaba al pecho. No cabía. No era él. Ahí estaba mi mamá; toda linda del cuello para abajo con su vestido morado, el cual jamás volvería a ponerse sin evocar este recuerdo. No puedo imaginar lo que sintió al ver a los tres pedacitos que le quedaban del amor de su vida.

—No cabe —pensé. Lo dije.

—Sí  cabe —dijo mi mamá con aquella entereza.

—¡No cabe! Insisto.

—Sí cabe güereja —dijo mi tía.

—Quiero verlo.

—Ya lo cerraron, no se puede.

Es que… ¡no cabe! —pensé de nuevo —seguro le tuvieron que cortar las piernas y están ahí nomás encimadas. No cabe. Necesito verlo. Es verdad que no era el mejor, pero era mío.

Al panteón. El petricor. El 22 de agosto siempre llueve. Veo bajar esa caja gris que volvería a ver veinte años después. Necesito verlo, no cabe, no es él.

Flores; rosas blancas que alguien nos da para aventarle. No entiendo para qué, pero lo hago. Necesito verlo. Tierra. Es que, seguro no es él. Seguro se pelearon, se fue y ella no sabe cómo explicárnoslo. No cabe, no es él. Losetas.

Fueron años y años de buscar su rostro entre las multitudes. Tenía una sarta de preguntas hechas maraña en la garganta, porque justo ahí es donde se enreda todo lo que no puede salir de la cabeza y del corazón. Preguntas que ni hurgar en los papeles de mi madre, para ver el acta y los papeles de la autopsia, me quitaron. Así supe que sí estaba completo, supe de su  fractura expuesta de tibia, supe que tardó cinco minutos y no segundos como ella dijo, que tenía rota la nariz y de la fatal contusión. El coche cortado por mitad. Ahí entendí qué ironía era que, justo ese día, no estaba alcoholizado. Supongo que desde entonces odio que me den las malas noticias en gotero.

Casi veinte años después, un 22 de julio (dos días después de su cumpleaños) tuvimos que exhumarlo. Vi de nuevo el ataúd. La caja gris que no quisieron abrir; mi propia caja de Pandora. De nuevo, mi mamá no me dejó ver los restos, pero lo cargué. Me lo entregaron en una triste bolsa negra de basura. Palpé, entre masa gelatinosa, el cráneo y un fémur. No pasaba de diez kilos que en menos de cuatro horas se redujeron a ni uno y medio de cenizas.

Ahora sé que cabía perfecto, eran 1.87 m y, que si hubiese sido más alto, también habría cabido. Ahora lo tengo en la parte más alta de un librero porque ahí habría llegado.

Ese verano volví, mis pantalones me quedaban cortos y el silencio grande.

22 de julio 2017

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