Mientras llega la revolución

Por: Mónica Navarro

Cansada de las infidelidades de su hombre, Frida Kahlo despertó esa mañana decidida a terminar con su propia vida. Fue a visitar a un brujo que, según le habían dicho, podría ayudarla. El hombre le entregó una pócima cuyos ingredientes sólo él conocía y sentenció en tono imperioso:

—Debe beberlo todo, justo a la media noche; ni antes ni después.

Frida volvió apresurada a casa. Eran apenas las cinco de la tarde, sin embargo, no veía razones suficientes para esperar hasta la media noche, total, para morirse cualquier hora es buena. Se atavió con sus mejores galas, se recostó sobre su enorme cama de roble y se bebió enterito el contenido de aquel frasco color verdoso. Cerró los ojos esperando a que llegara la parca, pero nada ocurría. Los apretó más fuerte hasta que casi le dolieron y la huesuda seguía sin aparecer. Sintiéndose estafada se levantó furiosa de la cama y, cuando estaba a punto de tocar el picaporte de la puerta, sintió sus pies desvanecerse y cayó al suelo perdiendo por completo la conciencia.

Despertó sentada en medio de una cantina frente a una botella de tequila y un par de caballitos. No entendía lo que había pasado; su primer impulso fue huir pero caviló en que para echarse un tequilita cualquier momento era bueno. Se bebió el primero con harto coraje «Pinche brujo chismoso y trinquetero», el segundo pasó como agua «Pero ya me las pagará cuando lo vea», el tercero le llegó hasta el corazón «Diego cabrón, las cosas que hago por culpa de tus chingaderas».

En esas estaba cuando un hombre, sin pedirle permiso, se sentó en su mesa. Era moreno, de rostro fuerte y atezado, tenía bigote negro, largo y espeso y una mirada retadora.

—¿Bebiendo sola, mija? Eso no se ve nada bien.

—Yo bebo como se me da mi pinche gana.

Ante esta respuesta, el hombre soltó una carcajada que a Frida le recordó la de su Diego.

—Acompáñeme a beber, pues.

Se sirvieron cada uno otro tequila. Ella preguntó:

—¿Usted sí suele beber solo?

—Yo bebo mientras que llega la Revolución.

—Mire nomás, yo bebo esperando a un cabrón que es todas mis revoluciones.

—¿Y qué le espera a ese cabrón?

—No sé, que cambie, supongo. Que decida quedarse conmigo y sólo conmigo.

—No mija, no espere eso de nadie. Mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado.

—Pero él es el amor de mi vida. No es un hombre malo, es que le gustan mucho las viejas.

—Bueno, dicen que hay hombres tan hombres que se acuestan hasta con otros hombres.

Ambos soltaron una carcajada que se escuchó en toda la cantina. A partir de ese momento hablaron de sus respectivas vidas, bebieron hasta vaciar la botella y lloraron por la patria y los amores perdidos. A punto estaba de llegar la media noche cuando el hombre se levantó de la mesa.

—Es hora de despedirme. Me espera la revolución.

—¿Será que puedo irme contigo?

Él reflexionó un instante; se avecinaba una larga noche de combates. Ella lo miró con sus enormes ojos almendrados sabiendo que él no podría negarse a llevarla consigo, total, para iniciar la revolución, todos los cuerpos son buenos.

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