Cinco minutos más

Por: Karla Monroy

Era una cálida noche de abril, le di el último sorbo a mi copa de vino, tomé mi bolso del sofá y me despedí. —Quédate, ya es tarde, no tienes que irte —me dijo.

De verdad estaba desvelada y rendida, no me hacía gracia conducir a casa tan tarde; así que lo seguí a su recámara, dejamos la ropa tirada por el suelo, me extendió sus brazos y me acomodé en su pecho, a los pocos minutos me quedé dormida.

No sé cuánto tiempo pasó cuando algo me despertó. Él dormía tranquilo, pero había una presencia al pie de la cama. Me quedé paralizada al ver a una mujer con gesto severo y la ceja levantada parada frente a mí que con extrañeza preguntó —¿Tú qué haces aquí?

No podía pronunciar palabra, estaba convertida en una estatua de hielo, entonces se acercó más para observarme mejor.

—Sí, lo sé, él es encantador y te sientes feliz a su lado, intrusa, pero no te pongas cómoda, yo también habito aquí; soy un recuerdo, estoy atrapada, él no me deja ir.

—¿Cómo?, ¿no estás muerta?

—Claro que no, intrusa. Tengo una vida lejos, sólo que hace tiempo dejé de quererlo, le rompí el corazón y esas cosas tienen consecuencias; mi castigo consiste en seguir aquí de alguna manera.

De pronto sentí que él me envolvió de nuevo en sus brazos, besó mi nuca y me dijo al oído —No te vayas aún, quédate cinco minutos más —

Recorrí la habitación con la mirada, pero la mujer recuerdo se había esfumado; sonreí y me acurruqué en su pecho, otra vez. 

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