Escríbeme

Por: Genrus

—Por favor, escríbeme.

Lo dudé por un segundo. Respiré profundo. Sí noté que me tembló un poco la mano cuando tomé la pluma. Sí sentí cómo rompió la tensión superficial de la tinta antes de sumergirse en ella. Sí pensé mucho en nosotros mientras escurría esa gota agolpada en la punta, en la boca del tintero.

—Necesito que te quedes muy quieta —le advertí.

Asintió con la cabeza y en silencio, mientras se alisó por enésima vez el cabello que caía por delante de su hombro derecho. Viéndola allí, sentada de espaldas en mi silla y apoyando sus brazos en el respaldo; sentí una responsabilidad enorme. ¿Qué carajo voy a escribir en esta piel inmaculada con veintipoquitos años en el mundo?

—Escríbeme algo lindo—, insistió.

Sé que llevábamos semanas deseando mucho este momento, pero me estaba resultando un poco más difícil que cuando lo conversamos. Sentí su reflejo pilomotor apenas acerqué el borde de la mano al nacimiento de su nuca, lo sentí mientras atravesó el espacio entre sus omóplatos y descendió por su escalera lumbar hasta el descanso de su hueso sacro.

—¿Por qué cuando dibujan hacen eso? —inquirió.

—¿Hacer qué?

—Eso que estás haciendo; eso que hacen con las manos. Como si alisaran el papel, como si le quitaran las migajas, pero sin tocarlo. ¿No te has visto haciéndolo? Pensé que era un ritual o algo así.

Le expliqué que la vista y la mano perciben el espacio de maneras diferentes, y que eso era una forma instintiva de sincronizarlos, pero la verdad es que todo fue porque no tenía puta idea por dónde empezar. Había pensado más o menos qué quería escribirle pero aún no elegía la primera palabra. No es una decisión que deba tomarse a la ligera. No sólo porque la primera letra de esa primera palabra es una capitular que debe dibujarse a detalle, sino porque es también la llave que deja correr al resto del texto.

—Me gusta mucho lo que haces, ¿te lo he dicho? Podría pasarme toda la noche… No, toda la vida escuchándote escribirme cosas bonitas. Porque cada vez que tú me escribes yo te escucho, ¿sabes? No sólo le pongo tu voz a las palabras, también escucho cómo sacas las hojas, cómo la pluma araña el papel, cómo respiras y hasta cómo a veces tuerces la boca mientras lo haces.

Entendí que intentaba animarme y también que las palabras no estaban siendo el problema. El problema era lo mucho que me estaba costando concentrarme con su presencia; tangible, encimosa y vuelta verbo. ¿Qué hace esta niña aquí conmigo, dejándome escribirla?, ¿cómo fue que la dejé entrar a mi vida, y además, le permití morder y jugar con mis pinceles en sus labios?, ¿en qué momento dejó regados los nervios y la ropa esparcidos en mi estudio?, ¿en dónde me acomodo ese olor a manzanilla y primavera que le escurre entre las piernas?

—Moría por hacer esto contigo —, murmuró.

Sujeté su hombro con la mano izquierda e intenté poner en palabras lo que solía ser mi vida antes de que llegara a contagiarme su desorden. Pensaba en cómo usó columpios y elefantes para explicarme el infinito, en el hilo de su voz en el laberinto de mi oreja, en sus manos con pulseras de colores arañándome los años, en su boca de amaranto y mandarina descendiendo por mi cuello, en las flores del vestido desplomado en sus tobillos. Hice como pude para darles forma sin caer en el estruendo de las ganas contenidas, para hacer que conservaran su sentido antes de que los significados estallaran y nos salpicaran en la cara, para dejarlas describirnos justo antes de fundirse en el corpus del sudor y la argamasa del deseo y la inocencia.

—Haces que se me ponga rojo el corazón, ¿lo sabes? —Concluyó sonriendo.

—Sólo transcribí un par de frases hechas —musité.

—Hablas como si ya estuviéramos escritos —, reviró, antes de encajarme su mirada y hacernos comenzar de nuevo.

Pensé entonces en mi vida averiada en medio del desierto, y en esa niña rubia que llegó de súbito a pedir que le escribiera. En que el viejo truco de la caja agujerada no la satisfizo, y me puso a construirle un mundo dentro. En todo lo esencial y lo invisible que alcanzamos a tocarnos, en cómo hicimos brincar al elefante antes de entrar en la serpiente y volvernos un sombrero.

—Me pareces tan bonita, que a veces siento como si estuviera imaginándote —, confesé.

—No lo creo. Tienes una manera de desnudar con la mirada, que ojalá se tratara sólo de la ropa. Prométeme que si un día cuentas esta historia, vas a sonreír justo como ahora.

Cerré los ojos y seguimos hasta que nos acabamos la última de las estrellas.

4 respuesta a “Escríbeme”

  1. Precioso, no se como puede existir alguien que pueda escribir tan bello gracias al universo por permitirme el deleite y gracias a ti que escribes tan bonito gracias por compartir y gracias por ser tan único.

  2. Las palabras adecuadas para tomarte de la mano y avanzar al ritmo de la historia, al principio creí que ella era un dibujo, quizá lo sí lo sea, guardado en el sabor dulce que dejó ese trazo de palabras.
    ¡Gracias por este regalo!

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