Captor

Por: Fabiola Simón

Aquí adentro siempre está muy oscuro. Ya perdí la noción del tiempo y no recuerdo bien mi nombre.

Una y otra vez le repetí a Fernando que siguiéramos la ruta del navegador, pero él prefirió confiar en su instinto y nos llevó al carajo. Las luces de la civilización fueron aminorando y un silencio aturdidor se apoderó de todo alrededor.

Cuando perdimos el control del auto, todo sucedió tan rápido que creí que habíamos muerto. Desperté y él ya no está. Estoy bañada en algo pegajoso y tibio y mis pies chapotean en lodo.

Puedo escuchar pasos que corren en círculos, rodeándome, pero no veo a nadie. Intento moverme y no puedo. Estoy atada. Alguien pensó que era buena idea sujetarme los pies y me doy cuenta de que no estoy pisando lodo: es mierda.

Mis manos tocan algo que parece piel, pero no podría serlo, no tiene forma. Escucho un sonido gutural cada vez más cerca y se me erizan los vellos en la nuca. El vértigo me empuja hacia el suelo y siento que todo gira, pero no me estoy moviendo.

De pronto, un dolor me atraviesa el brazo. Quema. Alguien me sujeta contra la pared y apoya algo afilado en mi espalda. Me desprende la piel y el ardor me hace recordar que aún estoy viva.

El sonido gutural está ahora en mi oído y en un destello alcanzo a distinguir lo que alguna vez fue el rostro de Fernando como un colgajo adornando la cabeza de mi captor.

Lo que sentía hace un momento sí era piel, era la mía. Lo único que percibo es la oscuridad y el agonizante desprenderse de mis labios al morir.

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