El bosque encantado

Por: Gisela Abad

Soy Regina Robledo, nacida el 28 de abril de 1930, originaria de la Ciudad de México, de padre torero y madre pintora. Ellos se conocieron en una corrida de toros en la plaza; sitio al que hoy ustedes conocen como el Palacio de Hierro ubicado entre Durango y Salamanca en la colonia Roma.

Fruto de ese amor nacimos mi hermana Martina y yo. Martina es un año mayor, ella siempre fue aventurera y audaz, yo, por otra parte, siempre me caractericé por ser la más previsora de las dos. Supongo que se preguntarán, y con justificación, ¿qué hago aquí en el 2017 y por qué me veo tan joven?

Como les contaba, mi hermana era bastante inquieta, y yo, en mi afán de cuidarla, siempre la acompañaba en sus locuras. Un buen día, ella tuvo la idea de ir al bosque de Chapultepec. Para ustedes sonará como cualquier cosa, pero en aquellos años no era tan sencillo; estaba a las  afueras de la ciudad y, ¡cómo dos señoritas de nuestra edad iban a moverse a semejante lugar!

Creo que no les he dicho que vivíamos en la calle de Veracruz, la casa tenía grandes ventanales y un pequeño patio que daba a la calle, aún recuerdo la cálida luz del sol colándose por las ventanas de la sala cuando mi mamá nos daba clases de piano por la tarde, también el café cerca de la plaza al que papá gustaba de ir para encontrarse con otros pintores y novilleros a platicar de literatura, música y del entorno político que en ese entonces no era muy claro. Se hablaba del nacionalismo impulsado por el presidente Cárdenas y de cómo el país se llenaría de progreso.

Ese día, mi hermana Martina y yo salimos camino al bosque de Chapultepec; llegamos y todo era precioso; los pajaritos cantando, alguna que otra pareja paseando de la mano y, de fondo, el sonido del organillero. El sol filtrándose entre los árboles y el crujir de las hojas al pisar. ¡Ahhh, qué bonitos tiempos! ¿Quién diría que han pasado setenta y siete años desde aquella tarde en la que a Martina se le ocurrió adentrarse al bosque y probar mi valentía retándome a traspasar aquella puertita que, según ella, llevaba al inframundo?

Y ahí voy  yo de tonta a seguirle el juego. De haber sabido que sería la última vez que la vería le hubiera dicho muchas cosas, sólo recuerdo que cruce la puerta y entre voces y ruidos todo comenzó a girar y ¡pum!. Cuando salí de ahí estaba en otro Chapultepec, uno lleno de gente y ruido que parecía una verbena, no tenía idea de dónde estaba hasta que una buena señora se apiadó de mí. ¿Qué tan ofuscada y perdida me vería, que me llevó a su casa y me hizo parte de su familia?

Todavía me cuesta trabajo adaptarme a esta nueva era; extraño a la gente amable, las pláticas entre familiares y no entre personas con sus teléfonos celulares. En fin, agradezco mucho a mi nueva y bella familia por hacerme parte de ellos, aún sigo aprendiendo que la vida está hecha de días que no significan nada y momentos que significan todo.

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