Corazón de árbol

Por: Dany Gallart

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír. En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí. Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba. Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido a ti en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda. Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso. Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír. En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí. Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba. Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido a ti en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda. Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso. Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír.

En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí.

Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba.

Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda.

Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso.

Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

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