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La despedida

Por: Aglaé Ordóñez

Son cerca de las diez de la noche. Lo sé porque a lo lejos se escucha el pitido nostálgico del carro de los camotes que, inamovible, recorre empecinado las calles de la ciudad con la promesa de que alguna vez existieron mejores tiempos.

Todos se han ido. Las luces se han apagado dejando en penumbras a este monstruo de cristal. Enciendo la lámpara de mi escritorio que apenas alumbra amarillenta y sucia.

Enrique lo tenía todo. Una familia envidiable. Una esposa de piernas torneadas y breve talle que apenas le dirigía la palabra. Dos hijos sobresalientes en la academia que le llamaban cada Navidad. Una oficina compartida con las nubes. El mundo le debía pleitesía y admiración.

Ya no recuerdo hace cuánto no sabía de ella. La última vez que la vi era un despojo; sus ojos hinchados y la cara enrojecida. La nariz poblada de mocos decididos a bajar en imparables cascadas. Mi hombro pegajoso. Sólo quería empujarla para alejarla de mí y salir corriendo. 

–Alejandra, basta que estás haciendo una escena.

Estábamos en medio de un pequeño café. Había elegido una mesa justo debajo del cubo de las escaleras para escapar de los ojos curiosos.

–…pero Enrique, no puedes dejarme así. No ahora. No con un hijo tuyo. No con las promesas de eternidad aún colgando de tus labios.

–Lo siento, Alejandra. La decisión está tomada. Recién entré a la escuela de leyes y no puedo arriesgar mi futuro por un ingenuo descuido. No quiero saber más de ti. Toma este dinero y desaparece de mi vida.

Ella lloraba como una huérfana, como si adivinara el futuro de nuestro hijo. Sus lágrimas resbalaban por mi hombro y se recostaban en mi manos quemándome. Marcándome como a un Caín condenado a vagar maldito por el mundo.

Me levanté y aventé un billete a la mesa. Antes de irme miré sus ojos suplicantes de perro callejero y me encontré con una virgen rodeada de una luz nauseabunda. Salí corriendo sin mirar atrás. 

Hasta ahora.

Alejandra y Enrique habían sido novios desde la preparatoria. Al salir de la escuela recorrían el camino a casa de Alejandra tomados de la mano al ritmo de promesas de amor candorosas mientras Enrique, de tanto en tanto, y con inocencia fingida, rozaba con el dorso de su mano los núbiles pechos de ella. Estaban enamorados.

Luego de tres años de noviazgo infantil, Enrique había presionado lo suficiente para que Alejandra le dejara alimentar la bestia babeante que dormía entre sus piernas.

Una y otra vez sucedió tras la primera. Eran jóvenes y se amaban. 

Siguieron semanas de mareo nauseabundo. 

–Enrique, tengo que hablar contigo. Nos vemos en el café de siempre. Llega temprano, por favor.

Tuve razón. Siempre la tengo. De haberme quedado con Alejandra me habría condenado a una vida de fracaso. En cambio, fui el alumno más sobresaliente de mi generación y mi carrera jurista ascendió con rapidez.

Conocí a Mariel en la universidad y al terminar mis estudios me casé con ella. 

Enrique y Mariel se habían casado porque era conveniente; ella era hija de un ministro de la Suprema Corte y estaba enamorada; él quería ser un abogado famoso.

Diez años de matrimonio fallido bastaron para que Mariel se diera cuenta de la tristeza que habita a quien nunca ha sido amado. Vino el divorcio. 

Lo que más me dolió fue el escándalo que hizo Mariel el día que vació nuestra casa; no obstante, su partida me dio igual, porque siempre estuve ausente. Ella decía que verme era como mirar a un santo de yeso: inmóvil; sin expresión, vacío y amarillento.

No, nunca la amé.

–¿Hola?…

–¿Sí? –

–¿Enrique? ¿Eres tú? Soy Alejandra.

–Sí, hola, Alejandra. ¿Qué quieres?

–Hace tanto que no sé de ti.

–Lo sé. Es nuestro hijo, Enrique. Está muy enfermo y me pidió que te llamara: quiere conocerte. Le supliqué que no lo hiciera pero no estoy en posición de negarle tal cosa.

Enrique sintió que el piso abandonaba sus pies. Su oficina se le vino encima y los recuerdos le oprimían el pecho. El corazón le palpitaba en las sienes y unas gotas perlescentes le poblaron la frente.

–¿Enrique?

–Sí. ¿Qué es lo le sucede?

–El camino ha sido largo y al final no hemos encontrado donador. Enrique necesita un riñón.

–Lo siento mucho. ¿Cuánto necesitas?

–No te llamé para eso. Es sólo que Enrique quiere hablarte.

–Lo siento. No puedo.

Enrique colgó el teléfono. Una vez más la había dejado con un adiós en la boca. Sacó algunas hojas y garabateó unas palabras. Al terminar dobló la hoja y la puso encima de su escritorio.

Volvió a levantar el teléfono.

–¿Policía? Hay un hombre herido por arma de fuego. Sí. En Reforma 721, piso 35.

Abrió el cajón de en medio y sacó una pistola. Inhaló valor, cortó cartucho y se apuntó debajo del mentón. Sopesó el rumbo de sus decisiones entre el metal helado que sostenían sus manos temblorosas.

Se oyó una detonación.

El informe policiaco apuntó un suicidio. En la transcripción de la nota dejada por Enrique se leía:

«Una vez te quité la vida y hoy te la devuelvo. Te amé desde que me perdí en esos ojos ahogados de esperanza. 

Yo, Enrique Balbuena Cortés, manifiesto por propia voluntad y a título gratuito mi deseo de donar con fines de trasplante, al momento de mi muerte y con la esperanza de ayudar a salvar su vida, mi riñón y/o cualquier órgano o tejido necesario a Enrique Rojas González, mi amado hijo».

Comentarios

Elizabeth Castañeda
abril 21, 2019 a las 6:20 pm

Gracias por compartir, me gustó 😊

Saludos y bendiciones



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