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Adiós a 35 mil pies de altura

Texto creado por: Alberto Rojas

En el curso Coaching Literario

Cuando el capitán anunció que habíamos perdido el último motor y que en diez minutos nos estrellaríamos, me sorprendió el silencio que se hizo en el avión. Siempre pensé que, ante una noticia de esta envergadura, los gritos serían incontrolables, pero no fue así. En el vuelo íbamos sólo cuarenta y siete pasajeros y ninguno gritó.

–Que Dios los bendiga–, fue lo último que dijo el capitán por el altavoz.

De la nada, lo que debía ser un vuelo de trabajo más, un viaje de un par de días que me serviría como pretexto para reencontrarme con Magda en Miami, se convirtió en los últimos momentos de mi vida. 

Desde hacía días mi cabeza volaba con la idea del encuentro. Nos besaríamos con la misma pasión con la que lo hicimos cinco años atrás, tratando de devorarnos para que no quedara nada de nosotros y no tener que despedirnos, pero al final, el adiós fue inminente. El reloj corría, faltaban menos de nueve minutos para el desastre. Fue entonces que oí los primeros murmullos y sollozos cual música de fondo. Fui yo quien rompió el ambiente fúnebre al prender mi celular y marcar. A unos metros podía ver a las azafatas tranquilas, como si lo que estuviéramos pasando fuera una simple turbulencia. Una de ellas estuvo a punto de levantarse cuando me vio sacar el celular, pero su compañera la tomó del brazo y decidió quedarse en su lugar.

Me sorprendió escuchar una voz de hombre contestando. Revisé la pantalla, en efecto; le había marcado a Magda. 

¿Tú eres el amigo de mi mujer, el que se la ha pasado hablándole toda la semana? –

Antes de que siguiera con la letanía corté la comunicación y me di cuenta de lo nimio que había sido mi sueño. Casi por instinto miré por la ventanilla y me sorprendió ver la calma que había afuera. De hecho, parecíamos volar con toda normalidad. Faltaban menos de cuatro minutos para que todo acabara, pero estábamos a una altura considerable y volando en línea recta. Entonces pasó otra idea por mi cabeza; volteé a ver a las azafatas y ellas se dieron cuenta que yo ya lo sabía. Poniéndose un dedo en los labios me pidieron no decir nada. Vi a mi alrededor, los pocos pasajeros que había rezaban o lloraban en silencio cuando se escuchó de nuevo la voz del capitán por el altavoz. 

–Estimados pasajeros, de antemano les ofrezco una disculpa en nombre de mi tripulación y de un servidor. Esto es algo que hacemos en contados vuelos, damos una falsa alarma para que todos sepan lo que pasaría por sus cabezas en sus últimos momentos. Hace poco estuvimos a punto de estrellarnos y nuestra vida cambió por completo después de ese instante, espero que la de ustedes cambie también–

Justo después del anuncio comenzaron los insultos, los gritos y las risas nerviosas de los pasajeros. Yo no hice ruido alguno, sólo pensaba en lo ridículo que había sido mi sueño con Magda. 

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