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El crimen del padre sin madre

Por: Laura Martín

Laura es una católica irreverente que no va a misa, no comulga y mucho menos se confiesa, todo eso después de aquel día en Semana Santa cuando fue a la iglesia y, por recomendación de su mamá, se confesó.

Hizo una larga fila en la que, al igual que ella, estaban los otros pecadores que se hincarían en el confesionario. Mientras esperaba iba repasando los pecados que le diría al sacerdote. Cuando llegó su turno escuchó una voz carrasposa a través de la ventanita:

 —Ave María Purísima.

Ella respondió acordándose de lo que veía en la televisión.

—Sin pecado concebida.

 —Antes que nada, dime ¿cada cuándo vienes a misa?

—Mmm, pues cuando tengo una boda, un bautizo y a veces acompaño a mi mamá a la misa de año nuevo.

—¿No te da vergüenza que la virgen te esté escuchando?, ¿que la madre de Dios no te vea en su casa?

—Sí padre, ya voy a venir más seguido.

—¿Cuáles son tus pecados?

—La verdad es que soy poco tolerante con las personas; hay gente a la que maldigo mucho, pero es que me hacen algo y es tanto mi coraje que les deseo lo peor, también luego me burlo de la gente que se viste mal y de la que anda de presumida con sus bolsas de marca, pero no se arregla los dientes.

 —Dime ¿eres soltera?

—Sí padre, soy soltera.

—Y cuéntame ¿qué haces en las noches?

—Pues llego a mi casa, me pongo la pijama y veo una telenovela.

—Pero dime, cuando estás sola en tu habitación, ¿te tocas?, ¿cómo lo haces?

Laura comenzó a sentir que el sudor le invadía el cuerpo del asco al escuchar a ese tipo morboso.

—Pues no hago nada, Padre, esos son todos mis pecados.

 —Tienes que rezar tres Credos, cinco Padres nuestros y tres Aves Marías y venir todos los domingos a misa.

Laura salió furiosa del confesionario y se sentó en una banca a lado de su mamá. 

—¡Hijo de su puta madre!, maldito padre libidinoso, seguro se estaba masturbando mientras me escuchaba. Yo tengo la culpa por hacerte caso. En lo que me queda de vida me vuelvo a confesar, a Dios no le interesan estas pendejadas y no voy a rezar nada. Me dan ganas de abrirle la puerta, madrearlo y comenzar a gritarle sus pinches asquerosidades, ¿a él qué chingados le importa lo que hago con mi cuerpo en las noches, en el día o por la tarde?

Era un día caluroso y Laura salió de la iglesia de San Juan Bautista en Coyoacán mentando madres.

—Vamos por una paleta de grosella a ver si con eso se me quita el pinche coraje. Traigo hasta la boca seca del entripado.

Se sentaron en una banca mientras se escuchaba de fondo al organillero.

—Yo no tengo pecados, má. No le hago daño a nadie, no robo, no he asesinado, no soy corrupta, no invento chismes, soy buena hija, soy una mujer responsable, ayudo a las personas que menos tienen y eso es mejor que estar todos los domingos como urraca en la iglesia.

Le decía a su madre mientras mordía el ultimo pedazo de hielo de la refrescante paleta.

Laura no ha vuelto a comulgar; asiste a las misas cuando hay alguna celebración y lo hace por el protocolo de no llegar nada más a la fiesta, por supuesto no da ni un peso de limosna.

Pero Laura cree en Dios y se encomienda a él, se persigna antes de salir de su casa y le encarga a la virgen de Guadalupe que la cuide.

El único sacerdote que le causa ternura es el Papa Francisco, pero porque todavía no le han sacado a la luz sus secretos más ocultos.

Pronto será madrina de una primera comunión, por ahora Laura sólo se preocupa por estar preparando los recuerditos, ya le compró a su sobrino un estuche con una biblia, un rosario y una vela. También piensa en el outfit que llevará; las catequistas les pidieron a las madrinas que el día de la comunión fueran vestidas de forma recatada y no muy destapadas.

—Y con el puto calor que hace en Cuernavaca, ¿pues qué quieren?, ¿que vaya con mi suéter cuello mao? Por eso es que la gente se aleja de la iglesia, pero bueno, está bien, acepto que  luego van unas viejas enseñando todo.

Laura ya habló con Dios, así como de cuates:

—Oye Diosito, no seas mala onda, tú sabes que yo quiero mucho a Emilio, en verdad voy a ser una buena madrina, siempre voy a estar ahí para cuando lo necesite y le daré buenos consejos para que sea un hombre de bien, pero hazme el paro y permíteme comulgar ese día sin confesarme, tú eres el mejor testigo de mis actos, no quiero que me salga un padre todo lujurioso, porque ahora sí me va a oír, voy a tener que decir una mentira piadosa el día del convivio con los padrinos y las cotorras santurronas de las catequistas, me haré la puritana y fingiré que voy a misa siempre y me confieso cada domingo.

El silencio le dio la respuesta, al menos no tuvo penitencia. 

Autor

admin@tedequerer.com.mx

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