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Desde el amor

Por: Chema Frías

No le temo a la muerte, le temo a la vida y, aun así, la abrazo porque también la amo. Más aún, le temo a la muerte en vida. Esa muerte que se da cuando todo pierde sentido, cuando lo único que sientes es tristeza, hastío y dolor en la psique, el alma o como quieran nombrarle. Ese hacer como que estás vivo cuando tienes el corazón roto. Porque los virus y las enfermedades te postran, te causan dolores insoportables, te quitan gente querida, te aíslan temporalmente, pero, si sobrevives, la vida sigue.

Porque, después de salir de un hospital, te adaptas y vuelves a construir una estructura lo suficiente sólida para continuar cuando tienes deseos de seguir amando, con los pasos acompasados al lado de los amigos, de la familia, de la gente que te quiere. Pero cuando sientes que estás vacío, que no puedes dar más, cuando te atravesó la lanza del desamor, no puedes llamarle a eso vida: a ese andar de zombie, a esa cara inexpresiva, a esa rutina mecánica, a ese ruido exterior e interior que parecen voces o música o autos o pájaros, a esa masa sonora inentendible a la que respondes con monosílabos o movimientos de cabeza.

El desamor suele generar tiranos y psicópatas, avaricia y guerras, asesinos. A la gente que no ama no le importa nada; están muertos hace rato. Ese virus sí que es cruel, la muerte es más fácil.

Sí, el coronavirus me impone, la enfermedad me preocupa, pero sé que, en la mayoría de los casos, se saldrá adelante y se podrá mirar hacia atrás y, en la minoría, será definitivo y contra eso nada se puede hacer. No lo busco, pero si llega, serán varias semanas difíciles de las que quedará la anécdota a futuro. Ya me la pasé mal por la influenza, solo, sin saber que era influenza; ya pasé por el quirófano varias veces y por períodos en verdad difíciles y punzantes de los que he salido avante. Pero el dolor más grande, al que más le temo, es a ese que una vez me volvió la vida un infierno, que me hizo un muerto andante, un recipiente sin uso, casi un mueble: el dolor de no ser amado.

Chema Frías, 17 de abril de 2020, CDMX. Escribí esto a 39 días de aislamiento por la pandemia y tras haber autofestejado mi cumpleaños número 60, en solitario, por segunda ocasión, con media botella de vino de la cosecha especial de Té de Querer que nos regaló Jacinto Marina la última vez que nos abrazamos.

Comentarios

abril 20, 2020 a las 7:00 pm

Chema gracias por lo que compartiste, es conmovedor.
De acuerdo contigo, el desamor es la enfermedad más dolorosa.
Un abrazo con mucho cariño.
Marcela Osuna



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