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Enchiladas de mole

Por: Adriana Arrazola

Me despierta el canto de los pájaros citadinos, siempre han estado ahí, pero la prisa matutina por ganarle al tráfico no me dejaba ponerles atención. Sonrío; logré dormir toda la noche y en estos días eso es un triunfo, en segundos aterrizo en la realidad del aislamiento en la que el virus me ha metido, la alegría desaparece, no es un sueño, tampoco una película futurista; está pasando y apenas estoy viendo los cimientos de la trama.

Hace veintiún años que me mudé de la casa familiar, las inmensas ganas de vivir en libertad y hacerme cargo de mí misma me hicieron tomar ese riesgo; han sido tiempos plenos, aunque con sus momentos adversos, sin embargo, a la distancia puedo ver que esa ha sido una de las mejores decisiones de vida.

Suelo disfrutar el tiempo que paso sola en casa, tras años de terapias hoy me caigo bien y disfruto de mi compañía, me gusta salir, convivir con familia y amigos, pero tras un rato, el ruido y los estímulos me dejan sin energía, por eso este refugio que me he construido es el lugar ideal para cargar la pila y volver a mí.

He perdido el cálculo de los días que llevo encerrada, es más, no sé si por salir al supermercado o al banco hay que empezar la cuenta desde cero. Tras la primera semana, en la que me volqué en la comida y me enchufé a las series hasta ver la palabra fin, logré hacer un alto y reconocer que andaba tan rara como la situación, me armé una agenda con actividades precisas y un horario digno de la armada, el cual cumplí como comandante a cargo, pero al pasar una semana y creer que ya tenía la situación dominada, me sorprendí como al principio: con dudas e incertidumbres y renegando de mi propia casa y de la falta de contacto humano. La mente es canija, a ratos me deja estar en calma, pero cuando menos me lo espero me la encuentro pensando en que está llegando el fin del mundo y que ni siquiera podré abrazar a los míos para despedirme.

Busco nuevas formas de acomodarme en este espacio y vida, intento mantenerme optimista, pero tras la llamada diaria de mamá, en la que, como nunca, me dice que me quiere; me quiebro. Me aguanto las lágrimas para no preocuparla y espero a terminar para romper en llanto como un bebé pidiendo su mamila.

Tras años de labores de oficina, nunca imaginé que lavar la estufa o planchar mi ropa fueran mis nuevos triunfos dignos de celebrar y compartir con el mundo, tampoco que, ante la angustia, meterme en la cocina me fuera a traer paz, menos cuando, la verdad, hasta el agua se me quemaba. 

Abrí el refrigerador y me encontré un mole en pasta que alguien me encargó la última vez que fui a Oaxaca; en el trajín de la vida olvidé entregarlo y, de no ser por esta pandemia, hubiera acabado regalándolo a quien fuera, pero en estos tiempos a muchos se nos ocurre lo que antes era impensable. En un arranque de valentía lo saqué del empaque y lo aventé en la cacerola para empezar a cocinarlo. De golpe estaba en la cocina de mi abue, clarito escuché cómo silbaba y me decía que le agregara caldito de pollo caliente a la pasta para que quedara mejor. Empecé a desmenuzar el pollo y lo sentí seco, pero los silbidos me provocaron tantas lágrimas, que al terminar ya estaba bien hidratado. Siguiendo sus instrucciones freí las tortillas, piqué finita la cebolla y rallé el queso fresco para prepararme las mejores enchiladas de mole de mi vida.

Terminé exhausta, por fortuna ya caía la noche, lo sé porque escuché a los pájaros regresar a su morada, su canto me anuncia que he logrado estar un día más aislada y que es tiempo de abrir el libro que me trasladará a la Inglaterra de Jane, esa donde andan libres y ningún mal les acecha; leeré hasta quedarme dormida deseando que mi mente pueda descansar, mañana despertaré, de nuevo, con una sonrisa momentánea.

Escrito por Adriana Arrazola Lara, a los quince días de confinamiento.
Marzo 27, 2020

Comentarios

Julio Martínez
mayo 5, 2020 a las 7:39 am

Si durante el tiempo de confinamiento todos estuviéramos con nosotros mismos, cinco minutos diarios para conocernos, el minda cambiará.



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