fbpx
Uncategorized

Laura en cuarentena

Por: Laura Martín

En el 2009 hubo un brote de influenza, desde entonces, Laura empezó a comprar cubrebocas y a empacarlos de diez en diez en bolsas Ziploc por si algún día se necesitaban. El día llegó once años después con una nueva y mejorada pandemia. El desabasto de gel antibacterial, toallitas desinfectantes y Lysol en spray que elimina el 99.99% de virus y bacterias, tampoco la tomó desprevenida; son productos que compra siempre como parte de su despensa, al igual que el papel higiénico en grandes cantidades, desde antes de que las compras de pánico lo pusieran de moda.

La paranoia se ha convertido en su compañera, en cuanto tiene un pequeño dolor de garganta o de cabeza corre al botiquín por el termómetro digital y se toma la temperatura. Ir de compras al supermercado ha sido todo un reto, odia ir pero no le queda de otra; hay que conseguir comida y lo necesario para subsistir. Se levanta muy temprano para llegar a primera hora, se pone la blusa de manga larga más fea que tiene, se recoge el cabello con un chongo sin importarle su raíz de tres centímetros de canas, ha dejado los accesorios olvidados en las cajoneras y en vez de maquillaje usa cubrebocas. Al llegar al establecimiento ya trae la cara empapada en sudor y corre por todos los pasillos como concursante de Master Chef eligiendo los productos en un tiempo límite, porque lo único que quiere es salir de ahí. Se le ilumina la cara cuando ve que hay una botella de Clorox para superficies, sólo toma una aunque venden hasta tres por persona, pero no quiere ser la clásica gandalla que acumula cosas y deja a los demás en la indefensión. Mientras saca los productos del carrito siente culpa por poder comprar todo eso. Aunque es altruista, cree que no ha hecho lo suficiente para ayudar a los que más lo necesitan, pero tampoco piensa exponerse. Se apresura a pagar. Hoy valora más que nunca a los empacadores; es una tarea difícil.

Al llegar a casa se quita los zapatos y los limpia con cloro y jabón, después lava y desinfecta todo lo que compró, incluyendo las bolsas verdes de tela. Observa sus manos, no queda nada del perfecto manicure con gelish que se hizo un fin de semana antes del confinamiento, tiene la piel arrugada de tanto lavar y lavarse.

Da clases a través de una app que bajó en su celular, sus alumnos no abren sus cámaras, seguro toman la clase desde su cama todos lagañosos y en pijama.

El encierro le ha servido para limpiar la cocina ante los ojos de asombro de su mamá, quien se rehusaba a tirar los envases de plástico vacíos y el tortillero de la recaudería “La Chabelita». Ha descubierto que le gusta mucho cocinar platillos sencillos y que, además, tiene buen sazón; su guisado estrella fue un mole de olla.

Aprendió a distinguir el chile ancho del guajillo y el pasilla.

Las clases de economía doméstica que tomó en la secundaría, le han venido a servir 34 años después; administra la comida y aprovecha cada uno de los ingredientes para no desperdiciarlos, porque hay que ser cuidadosos, pero sobre todo porque no quiere volver pronto al supermercado.

También organizó su clóset, encontró más de diez prendas aún con la etiqueta, que en estos momentos son inútiles.

No cree que esto hará mejorar a las personas; la gente mierda siempre será mierda pase lo que pase.

A ratos se ríe de sí misma y de sus angustias y se siente afortunada por tener a lado a su mamá, no la puede abrazar y besar como quisiera, pero la mira en el sillón mientras ve la televisión; es como una niña a la que hoy cuida y consiente más que nunca porque sabe que estos momentos pueden ser la última oportunidad que tengan de estar tanto tiempo juntas.

Cada vez le cuesta más trabajo conciliar el sueño, a veces la despierta el calor, otras la presión en el pecho, se reconoce angustiada. Así ha vivido la cuarentena, ayer mientras trataba de dormir pensó que lo más seguro es que tenga que cancelar el viaje que tenía pagado a la Riviera Nayarit para julio, que los conciertos, la estética y el podólogo, no son actividades esenciales y que no le preocupa la muerte; llegará cuando tenga que llegar.

Laura Martín. Escrito el 18 de abril a un mes de confinamiento.

Autor

admin@tedequerer.com.mx

Comentarios

Liz
mayo 1, 2020 a las 8:30 pm

Muy padre Lau! Abrazo



Ricardo Ren
mayo 2, 2020 a las 8:06 pm

Lau gracias por compartir tu experiencia y sentir, he disfrutado tu texto y me gustó mucho. Pude ver La imagen de cada experiencia que describiste. Recibe abrazo virtual, gracias!!!



Adriana Medina
mayo 7, 2020 a las 9:16 am

Un buen relato amiga, eres una gran persona, das tu amor a quien lo necesita y siempre serás recompensada en tu vida, no precisamente de las personas a quien das.



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

WhatsApp Escríbenos...