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En tiempos de confinamiento

Por: Marcela Osuna

En tiempos de confinamiento he experimentado más cambios de estados de ánimo que cuando era una adolescente.

La gente fue desapareciendo de las calles y ya no tenía caso abrir el negocio, así que pensé que era hora de tomar un descanso y que esto terminaría rápido. No fue necesario hacer una lista de actividades para pasar el rato, en casa siempre hay muchas cosas por hacer.

La primera semana me pareció que todos exageraban; en mi mundito no pasaba nada, pero en la segunda semana, las noticias empezaron a hacer mella en mi optimismo; no se puede estar tan tranquilo al ver que la gente se está muriendo sin siquiera un familiar que pueda abrazarlo; mi ánimo decayó, comencé a tener insomnio y también, obvio, dolor de garganta, pero no, no era virus; era un nudo de esos difíciles de deshacer.  

En la tercera semana, el miedo se apoderó de mis pasos cuando mi hija empezó a sentirse mal y el termómetro marcó 38 grados; después de varios pensamientos catastróficos y desafortunados, todo resultó ser una infección intestinal.

A la cuarta semana, todo iba en aparente calma, pero mi esposo empezó a notarme rara, preocupada, yo le dije que estaba bien, y de verdad creí que estaba siendo sincera, que me sentía tranquila, pero al día siguiente desperté con la cara roja roja y llena de minúsculos granitos por todos lados: una dermatitis nerviosa fue el mejor detector de mentiras involuntarias.

Conté muchos días, enfermos, muertos, gastos. Ya he dejado de hacer cuentas; todos los días parecen domingo, el canto de los pájaros y el ruido de los grillos por las noches me invitan a disfrutar lo que poseo, soy afortunada de tener salud y estar junto a  mi familia, esta semana pintamos algunas paredes de la casa, nos divertimos, también hicimos carne asada en la azotea, desempolvamos los juegos de mesa y reímos mucho, por ahora, porque no sé de qué humor estemos la siguiente semana o la próxima hora.

Hoy siento nostalgia de que todo termine, ya no escucharé a los pájaros ni a los grillos cuando vuelva el ruido de ciudad. La prisa regresará y con ella dejaremos de vernos a los ojos que aprendieron a hablar gracias a los cubrebocas.

Me da coraje pensar que todo esto se nos olvide y volvamos a ser los mismos de antes. Me da coraje ahorita, porque no sé cómo voy a sentirme mañana.

Marmotta, escrito el 23 de abril a los 30 días de confinamiento.

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