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El encierro

Por: Mónica Navarro

Buenos días, ¿cómo amaneciste? Sí, ya sé, esto del encierro nos está matando a todos, pero qué le hacemos. Yo por ejemplo, nunca había hecho algo así, te lo juro.

Voy a preparar el desayuno, ¿se te antojan unos huevitos con jamón?, ya sabes que aquí se te trata como un rey, sólo tienes que pedir, pero de buena manera, ¿eh?, no me gusta que te enojes y te pongas todo loco.

Tan bonito que te ves cuando estás contento y sonríes y muestras ese hoyuelo que se te forma en la mejilla derecha y el diente poquito chueco con el que te gusta hacerme cosquillas. Todavía te gusta, ¿verdad? Dime que sí, anda, dame esa alegría.

Recuerdo la primera vez que te vi; eras apenas un niño y tus papás te mandaron, de castigo, a entregar los encargos que los vecinos hacíamos a su tienda. ¿Quién diría que ellos estaban innovando con su servicio de entrega a domicilio? Venías con el pelo revuelto de darle duro a la bicicleta y un día llegaste con tres huevos de la docena ya rotos, observé tus ojos llenos de lágrimas y no pude evitar compadecerme de ti.

Otras veces te veía entregándole a la vecina de enfrente, con sus dos perros grandotes y torpes llenándote de babas, y me daban ganas de aventarles un vaso o algo para que te dejaran en paz, pero lucías contento, así que no me involucraba.

Con el paso del tiempo te fuiste poniendo más hombre, pero yo seguía viéndote como el chiquillo que me traía las cocacolas cuando no me daban ganas de salir. ¡Qué tiempos aquellos!, cuando salir era sólo cosa de desearlo. Ahora vivimos cada quien en su burbuja y no nos enteramos de lo que pasa afuera a menos que vayamos al exterior, no sin antes ponernos esos trajes verdes tan feos e incómodos que nos mandaron del gobierno.

¿De qué sirve tener tantos zapatos bonitos guardados en el clóset si no nos dejan lucirlos en ningún lado? Por eso, la tarde que llamé a la tienda de tus papás me puse aquel vestido azul con el que sabía que te gustaba verme, te había cachado un par de veces mirándome, y los tacones que había comprado para la cena de primavera a la que ya no nos dejaron asistir. No sabía si vendrías tú o algún otro de los repartidores, pero al verte supe que el destino me estaba dando permiso. Abrí la puerta y tus ojos se fueron a parar directo en mi escote, la cara se te puso roja como las latas de cocacola y te pedí que pasaras con la esperanza de que no quisieras irte, pero te fuiste y me quedé con la piel encendida y los labios punzando de tanto no besarte.

Nos había imaginado como una de esas escenas de película porno, donde el repartidor llega, se quita la ropa y nadie pregunta qué fue de la pizza, pero nada de eso pasó. Así que días después, cuando te vi jugando con los perros odiosos de la vecina, decidí abrir las persianas y que me vieras desnuda sin importarme que algún vecino mirón también lo hiciera, total, no podrían salir aunque quisieran.

Fingiste que no me veías y yo cerré las persianas junto con mi ilusión, me puse la bata vieja que no me quito en días y, estaba a punto de tirarme en la cama a quitarme las ganas, cuando escuché unos golpes casi mudos en la puerta, como si fuese un gato el que tocara. Corrí a abrir y ahí, debajo del traje horrible con el logotipo del Gobierno de la Ciudad de México, estabas tú y la espantosa careta transparente que, por suerte, dejaba ver tu hoyuelo en la mejilla derecha. Te dejé entrar, te quité el traje como pude, sin importarme que no estuviera desinfectado, te arranqué la ropa y tú a mí la bata y las ansias. Me sentí de nuevo libre, feliz, al descubierto, y logré que te quedaras.

Te dije que llamaras a tus padres y les inventaras una historia, pero no quisiste, si me hubieras hecho caso quizá todo habría sido más sencillo. Después de los primeros días de amarnos en todos los rincones de la casa, de comer de lo que hubiera en el refrigerador y encerrarnos dentro del mismo encierro, vi cómo comenzaste a aburrirte y recordé cuando nos decían que en un mes más podríamos salir y nosotros no les creíamos. Ya ves que teníamos razón, así también sé que yo la tengo y que si en este momento pudieras, te irías y volverías a dejarme sola con mis deseos y mis demonios.

Perdóname, yo quisiera poder soltarte, pero es más grande mi miedo, además, ahora estás enojado pero ya se te pasará y volveremos a ser un par de enamorados revoloteando por toda la casa, nuestra casa. Perdón por haberte puesto esas gotas en la bebida, mi intención era que descansaras porque últimamente veo que no duermes y cuando te vi tan relajado decidí que era momento de utilizar las esposas que me regalaron en mi despedida de soltera, antes de aquella boda a la que el novio nunca llegó, y atarte a mí para siempre.

Ayer me puse el traje feo y fui a la tienda de tus padres, ya pusieron letreros con tu rostro y estuve a nada de decirle a tu mamá que no se preocupara, que yo te cuido bien y que te amo, pero me detuve porque sé que no me entendería. Yo nunca había hecho algo como esto, pero es el encierro.

Mónica Navarro, escrito en la Ciudad de México a los 57 días de confinamiento.

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