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El Jardín de la fe

Por: Pilar Cisneros

En el transcurso de mi vida he tenido conflictos, algunos imaginarios, otros verdaderos.

Los que imagino apelan a mi inteligencia; son mis preferidos porque me gusta soñar, porque creo en los cuentos de hadas y, sobre todo, porque en ellos siempre salgo victoriosa, pues en la imaginación todo puede tener un final feliz. Los hechos verdaderos requieren más de mi razonamiento para buscar las soluciones.

Cuando, de manera inesperada, recibí en mi oficina la notificación de ir a casa y luego me vi bombardeada por todos los medios de comunicación con la consigna de quedarme en ella durante días –sin especificar cuántos–, sentí incertidumbre.

Una vez más confirmé que la naturaleza no sólo es imponente, sino frágil, a diario las noticias mostraban imágenes de la muerte recorriendo las calles de manera latente, la posibilidad de que nos encontrara me llenó de terror y por lo limitado de la información no sabía con exactitud cuál era el desafío.

Me colmé de dudas y lo único que pude hacer fue aferrarme al silencio y tratar de descubrir el final de esta historia, así me sumergí en la reflexión profunda y minuciosa de un problema verdadero con toques imaginarios.

Decidí que el miedo no anularía mi manera de vivir y tomé el mejor antídoto contra este: la ilusión, junto con el mejor estímulo que conozco: la confianza. Con esas armas, quedarme en casa pasó de ser un hecho impensado a la oportunidad de convertirlo en lo más agradable que pudo haberme sucedido, más aún cuando me percaté de que, durante 53 años, había pasado más tiempo en la oficina que en mi hogar.

Al principio me sentí como una extraña en mi propia casa, sin embargo he ido descubriendo que está llena de magia, pero sobre todo de recuerdos que surgen a cada paso que doy en ella.

Estoy segura que muchas casas son más bellas y majestuosas que este pequeño espacio mío, pero lo que lo hace especial es que he trabajado para lograrlo, porque me llena de orgullo y porque, además, cada rincón trae consigo su historia.

Debí decir asombro y gratitud en lugar de orgullo, este último es un término de lo más imprudente, porque no es trabajo lo que he dejado en cada piedra de la que es mi morada, sino sentimientos los que han acompañado el quehacer diario para mantenerla y poder llamarla así.

Las piedras no necesitan amor, sin embargo, yo necesitaba darle amor a estas piedras para que estuvieran llenas de algo más, sobre todo al jardín en el que me gusta pasar más tiempo que dentro de la casa, por la libertad que me ofrece.

Las noticias fatales no cesaban, decidí no oírlas más y centré mi atención en escuchar mis emociones. Fue entonces que advertí que el amor se manifiesta de manera diferente en el jardín; en él no cambió nada.

La primavera llegó como siempre, lo que habita allí no varió su comportamiento en ningún momento y tampoco manifestó temor: cada flor que ha brotado me ha regalado su aroma y sus colores en cada pétalo, cada gota de agua que cae sobre él ha provocado que las ramas vuelvan a llenarse de hojas verdes, para más tarde caer sobre el piso cuando el viento las acaricia con toda la ternura de la que es capaz.

Un par de pajarillos han nacido alegrando mis oídos con sus nuevos gorjeos, una pareja de colibríes volvió a hacer su nido justo en las ramas que se encuentran frente a la ventana de la estancia.

El canto de los pájaros no ha cesado, las arañas no han dejado de tejer sus redes, las cochinillas, lombrices y hormigas continúan con sus labores sin preocupación, las mariposas revolotean entre las flores. Sé que esto no ha sido obra del amor que siento o he puesto en este lugar, ni del significado de lo que lo habita, ni del momento preciso cuando lo coloqué allí.

Todo lo que sucede en este pequeño jardín es desencadenado por la propia vida: el sol no deja de brillar cada día; la lluvia cae cuando es necesario, aunque a veces nos incomode, porque las nubes siempre están en el sitio exacto en el que deben encontrarse; el rocío de la mañana no ha fallado; el viento corre sin inquietarse y la tierra continúa su ciclo. No es que allí no hayan ocurrido adversidades; el pequeño jardín tuvo que resistir durante el invierno para ser dotado con la fuerza necesaria y regalarme su espectáculo asombroso esta primavera sin interrumpirse un solo día.

Hechos reales e imaginarios entremezclados se presentan en mi vida: la muerte de mi esposo y creer que mi hogar se derrumbaría; asegurar que me había quedado sola y comprobar que estaba equivocada; creer que en el jardín todo cambiaría por lo sucedido durante el invierno… no ha sido así.

Cada día que pasa mi corazón sigue renovándose como este jardín aun en el encierro, no percibo en qué momento, pero la fe no deja de crecer en él, es quizá lo que encontré más allá del amor.

Quedarme en casa me ha permitido redescubrir mi hogar, el ir y venir todos los días por tantos años me había privado de regocijarme con la maravillosa posibilidad de sumergirme en mi pequeño gran Jardín de la fe.

Escrito el 12 de abril de 2020, a las 10:34 hrs. con estas gotas saladas y amargas que no han dejado de recorrer mis mejillas, desde el sitio en el que traté de encontrarme cara a cara con el pasado para curar mi desesperación de no poder girar el tiempo hacia atrás y descubrir que el olvido está lleno de recuerdos. Pilar Cisneros

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