Lo que más te guste

Escrito en el curso de Memoir

Por: Luisa De La Garza

Cuando tenía 5 años, mi mamá me cambio de escuela a una en la que, al inicio de cada curso, teníamos que llevar una maleta con el uniforme; zapatos, blusas, faldas, pantalones, guantes, sweater, delantal, traje de baño, gorra y chanclas, todo etiquetado con nombre, curso y salón.

La maestra revisaba de manera minuciosa cada una de las prendas como si fuera una aduana. Explícame el propósito de tal circo. Teníamos que llegar antes de las 6 de la mañana para ser las primeras en la fila, si no, podías perder todo el día en revisión de ropa y útiles escolares que también tenían que estar forrados y marcados de forma impecable.

Para rematar, la escuela era sólo para señoritas, pero si el mundo es mixto y el mío más; estaba lleno de hombres; mi papá, mi abuelo, mis hermanos, mis primos, mis tíos. Mi madre le tenía un gran cariño y respeto a esa escuela, aunque ella no estudió ahí. Su argumento era que ese siempre fue su sueño, ¡cómo le hubiera gustado estudiar ahí con sus primas las Nasif! Yo haría lo que ella no pudo. Nunca imaginó que iría a esa escuela más veces que si hubiera sido una alumna más, y no a recibir un premio, como era lo acostumbrado en la familia.

Ese día Isabela llegó unos minutos tarde a la escuela, corrió y apenas le dio tiempo de formarse en la fila. La Miss se dio cuenta, pero Isa le despertaba ternura por su carita de ratón perdido, a veces un poco asustado y esos peinados sacados de revistas de moda que le hacía su mamá; tres coletas restiradas que le rasgaban los ojos, una arriba como fuente y trenzas enroscadas que parecían los audífonos de Jacobo Zabludovsky, todo lo que se le podía hacer a una muñeca, eso era Isa para Chabela.

Tomó distancia, avanzó la fila, entraron al salón, empezaron las clases; planas de palitos, espirales, rayas, luego un cuento que les leyó la maestra y llegó la clase más divertida: Recorta y pega. A Isabela le encantaban los ejercicios manuales, las tijeras, el pegamento, los recortes y hacer algún dibujo, eso la hacía imaginarse historias. Ese día empezó a hablar sola, se paró de su lugar y se puso a jugar. 

—¡Isabela! ¿Qué haces? Siéntate ya, ponte a trabajar

—Ya terminé, ya no tengo que cortar.

—Corta algo y estate quieta.

—¿Qué corto?

—Lo que quieras, lo que más te guste, pero por favor, ya siéntate.

Isabela se sentó, no muy conforme tomó las tijeras y volteó para todos lados. Explícame qué debo hacer, dice la miss que tengo que cortar algo que me guste.

—¡Espera!, ¡No!, ¡eso no!

—¿Por qué no? Ella dijo que lo que me gustara.

—¡Sí, pero no!

—¿Por qué no? Están bonitas.

—Muy bonitas, pero son de Karina.

—¡Y eso qué!, no le vas hacer daño, no la vas a cortar a ella.

—Tienes razón, además, si eso es lo que más me gusta…

—¡Sí, así es!

— Pues manos a la obra.

Unos minutos después, María Isabela estaba en la dirección con unas trenzas en la mano y un mareo que no la dejaba sostenerse esperando a que llegara su madre.

Sobrevivencia de una pulga

Por: María García Daniel

Nacido en nuestro Curso de Narrativa Chingona

Llevo dos días despertando y huyendo.

Todas las mañanas es lo mismo; no hago más que dormir cerca de la oreja de este inútil cachorro y de repente me despierta ese maldito cepillo que me hace huir.

Al momento en el que siento al perro vibrar de emoción, por ver a su amo, salgo saltando por todo el lomo. En el camino me encuentro dos pulgas igual de asustadas y adormiladas; somos muy pocas aquí porque ese cepillo ha exterminado a casi todas nuestras compañeras. No debo dejar que me vean o será mi fin.

Corro, corro muy rápido hacía la cola. Es el lugar más difícil para que me encuentren, pero el más peligroso, porque este perro la mueve como loco y me marea.

Sigo corriendo y saltando, viene el cepillo por el lomo, me voy hacía la panza, me meto entre todos esos grandes pelos en movimiento, siento al perro echarse patas arriba y termino de rodearlo evitando las partes sin pelo para volver al lomo. Camino de cabeza hacia la cola, él se sigue moviendo contra el piso y eso me da seguridad para llegar a mi destino sin ser descubierta.

Ya no veo a las otras dos pulgas y el perro sigue de espaldas, seguro ya las encontraron.

Falta poco para que llegue a la cola, sigo corriendo y justo cuando el perro se levanta llego hasta la punta. Estoy a salvo.

El perro ya está tranquilo y se va a su cama. De un salto bajo a las cobijas. Ya casi no hay pulgas, han acabado con todas. Me da coraje, ¡tenemos derecho a vivir!, un perro no es perro si no tiene pulgas.

Estúpido cachorro. Desde su pelota lo veo dormir tan tranquilo y de un salto regreso a él sólo para despertarlo. Le muerdo la panza y como un poco hasta que se da cuenta y empieza a rascarse con sus dientes babosos. Me da risa cómo se rasca con desesperación.

No sé si la risa me está mareando pero me siento un poco mal. Creo que fue la comida de hoy, sabía un poco diferente. Mejor me voy a dormir un rato debajo de su oreja porque está calientito.

El camino se me hace más largo que de costumbre, ¿habrá crecido el perro? Ya estoy llegando y veo algo que no estaba antes; un objeto blanco y un poco polvoso alrededor de su cuello. Paso debajo de esa cosa, la chupo un poco y reconozco el sabor de mi comida de hace un rato.

Eso me está mareando. Apenas logro llegar a la oreja; no sé si este perro ya se pudrió o soy yo, pero me siento muy mal. Empiezo a quedarme dormida y ya no siento nada; ni movimientos, ni vibraciones, nada.

Corazón de árbol

Por: Dany Gallart

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír. En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí. Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba. Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido a ti en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda. Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso. Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír. En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí. Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba. Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido a ti en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda. Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso. Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

Me fui a vivir a un país en donde, al llegar, te cambian el corazón por un árbol. Al ser nueva, mi árbol era pequeñito y verde. Me sentía como un niño de dos años para el que todo es un juego y su única responsabilidad es reír.

En una noche, en la que hasta la Luna reía, te conocí. No recuerdo lo que hablamos, pero sé lo que pasó en mi pecho. Fue la primera vez que sentí cómo me crecían las ramas. Me brotaron hojas de un nuevo color y, como si hubiera viento, comenzaron a bailar dentro de mí.

Al pasar los días, con tus mensajes, tu piel mezclándose con la mía y nuestros árboles cantando juntos, yo florecí. Mi árbol era el más grande de todo el país. Tú me hacías canciones y a mí me crecían flores en la piel. Todas las aves exóticas migraron para vivir en mí. Construí un parque de atracciones sobre mis ramas y me multipliqué por 139 niños de dos años. Reír era mi único trabajo y nadie lo hacía mejor que yo. En tu cuerpo construí la mejor casa de árbol. Tenía unas ventanas con vista a un campo de velas, la puerta nos llevaba a Saturno y le dimos a la ciencia la vida que buscaba.

Tardé en construir un columpio y me convenciste de que sería el mejor lugar para jugar con las mariposas. Construí dos y no llegaste a jugar conmigo. No dejé de columpiarme y vi cómo las mariposas se convertían en polillas y devoraban mi casa. Sin entender el derrumbe, me refugié en la casa que te había construido en mi árbol. Se sentía tan sola que llamé a todos los pájaros carpinteros para que le hicieran huecos y tal vez, si gritaba más fuerte, lograría que mis gritos se filtraran por ellos y tú podrías escucharme. Mi sonido retumbó tanto que, en esa tempestad de truenos, quedé sorda.

Me inventé una estación y dejé caer mis hojas para que se quedaran suspendidas en nuestro recuerdo. Le pedí a los gusanos que masticaran mi tronco y se comieran todo lo que no soportas de mí. Los ahogué en un río de resina. Recogí cada una de mis hojas y te las llevé en mis manos. Soplaste con la fuerza del lobo y volé con todos mis pájaros. Me marchité. Quedé podrida en mitad del paraíso.

Nadie me dijo que en ese país talaban a los árboles marchitos. Me hicieron tronco. Mis anillos de la vida tenían polvo. Viví dos años sin latir. Sin corazón, sin árbol, talando otros árboles, dejando troncos empolvados buscando florecer.

Captor

Por: Fabiola Simón

Aquí adentro siempre está muy oscuro. Ya perdí la noción del tiempo y no recuerdo bien mi nombre.

Una y otra vez le repetí a Fernando que siguiéramos la ruta del navegador, pero él prefirió confiar en su instinto y nos llevó al carajo. Las luces de la civilización fueron aminorando y un silencio aturdidor se apoderó de todo alrededor.

Cuando perdimos el control del auto, todo sucedió tan rápido que creí que habíamos muerto. Desperté y él ya no está. Estoy bañada en algo pegajoso y tibio y mis pies chapotean en lodo.

Puedo escuchar pasos que corren en círculos, rodeándome, pero no veo a nadie. Intento moverme y no puedo. Estoy atada. Alguien pensó que era buena idea sujetarme los pies y me doy cuenta de que no estoy pisando lodo: es mierda.

Mis manos tocan algo que parece piel, pero no podría serlo, no tiene forma. Escucho un sonido gutural cada vez más cerca y se me erizan los vellos en la nuca. El vértigo me empuja hacia el suelo y siento que todo gira, pero no me estoy moviendo.

De pronto, un dolor me atraviesa el brazo. Quema. Alguien me sujeta contra la pared y apoya algo afilado en mi espalda. Me desprende la piel y el ardor me hace recordar que aún estoy viva.

El sonido gutural está ahora en mi oído y en un destello alcanzo a distinguir lo que alguna vez fue el rostro de Fernando como un colgajo adornando la cabeza de mi captor.

Lo que sentía hace un momento sí era piel, era la mía. Lo único que percibo es la oscuridad y el agonizante desprenderse de mis labios al morir.

Descripción

Por: Chema Frías

Mi madre siempre me prometió que, cuando se sacara la lotería, me compraría uno.

Nunca la ganó, por lo que tuve que esperar muchos años para poder hacerme de ti. Obvio que eres una versión reducida al mínimo por la tecnología. Que sin electricidad no podría escucharte, pero a veces te acaricio en silencio, sólo para ejercitar mi toque y conjurar que algún día llegarás a desconocer estas manos. Porque eres celoso, demandante y, entre más tiempo paso contigo, más te entregas, más correspondes a mis dedos. Tienes tantos secretos guardados, tantas joyas ocultas, tantos colores en tu aparente bicromía.

Los perezosos, los malos amantes suelen acariciar sólo tu parte blanca. Y, aun así, les regalas maravillas. Quienes te aman de verdad te acarician por completo; tu parte luminosa y tu parte oscura, saltando tus doce escalones, siete blancos, cinco negros, que se repiten hasta sumar ochenta y ocho, con todas sus posibilidades y sus infinitas combinaciones.

Hace unos días me pidieron que te describiera:

Una larga dentadura con huecos.

Una blanca planicie con oscuras cordilleras uniformes.

La columna vertebral de la mejor amante.

Una pasarela acústica, mitad zipper, mitad riel.

Una escalera horizontal, sonora, que transita de las frecuencias más altas a las más profundas.

En resumen, una escalera que, por ambos lados, conduce al paraíso.

La ardilla interna

Por: Alicia Alarcón

Ante un hecho devastador como lo es un rompimiento amoroso, es necesario aplicar distintos pasos para que la ardilla interna aflore con toda su capacidad creativa y creadora a fin de poder aprovecharla al máximo.

Recordemos que la ardilla interna es aquella que nace desde el fondo de nuestro corazón roto por el abandono del ser amado.

Este manual tiene fines informativos, las acciones aquí descritas sólo representan ejemplos que el ardido puede tomar como referencia.

1.- Estolquea. Busca sus likes, sus comentarios y, sobre todo, pon mucha atención a sus tuits al aire. De ahí sacarás la información necesaria para no volver a tener sueño por las noches.

2. Revisa las conversaciones que tuvieron y toma screenshots de las mismas. Haz un archivo digital con estas imágenes, que debe estar ordenado por las etiquetas “mucho amor”, “poco amor”, “mierda”, “poca voluntad”, “desastre”y  “mis pequeños errores”. Ten en cuenta siempre que la razón la tienes tú.

3. Recuerda, a través de las conversaciones mencionadas en el punto anterior, todo lo que te reclamó pasivamente que te faltaba o molestaba y corrígelo al instante. Anímate por esa depilación brasileña o píntate el pelo de morado.

4. Busca siempre el encuentro fortuito. Nada como hacerte amiga de sus amigos o entrar “casualmente” a sus círculos e ir cerrando el espacio. Así, tarde o temprano te lo encontrarás. No olvides pararte bien derechita  y verte súper segura e indiferente.

5. Busca a los amigos comunes y ponlos de tu lado haciéndote la víctima. Haz que lo dejen solo, o por lo menos, que se la pasen diciéndole: “no sabes lo que perdiste”. Correrá a buscarte y agradecerá a los amigos su preocupación.

6. Tuitea frases como: “Quién no quiso cuando pudo, no podrá cuando quiera”. Seguro entenderá el mensaje y regresará volando a tus brazos.

7. Cuando te busque (porque lo hará, las abuelitas que todo lo saben dicen que siempre regresan) no contestes rápido, ni a la primera y cuando lo hagas ponle frases como “¿asunto?”.

8. Vete de viaje. No te tomes selfies, esto implica que andas solapa. Y si lo haces, intenta que salga un gringo atrás logrando que vea a la cámara. Como un buen tip, a los gringos y japoneses siempre les gusta ser photobombers. Es decir, salir en fotos ajenas haciendo carotoñas. Esto implica familiaridad y es tu ventaja.

9. Este punto es muy importante. En el punto 6 hablamos de tuitear frases matonas. Pero después tienes que desaparecer de tus redes sociales. Crea suspenso. Seguro seguro, se preguntará por ti.

10. Corre a terapia o mejor aún, a Sanborns. Pero ve al mismo donde él suele ir y que te vea comprando el último libro de autoayuda o alguno que tenga que ver con ser independiente, exitosa y feliz. Así verá que estás convirtiéndote en una mejor persona, aprendiendo de tus errores y que fue un verdadero estúpido por dejarte ir.

La pelota cuadrada

Por: Silvia Espinosa

Morelia; mi lugar favorito durante las vacaciones de verano era la casa de mi abuelita, ahí vivía mi tío, el hermano menor de mi mamá.

Era un tipo muy misterioso y su recámara era el lugar más interesante de la casa; escuchaba discos que ostentaban una manzana al centro, su mascota era un perro dóberman que me daba mucho miedo, aunque nunca me hizo nada, y siempre tenía una gran mentira.

–Tómate esta pastillita y así no vomitarás durante el viaje–. 

¡Y no vomité!, aunque después descubrí que lo que me dio fue sólo un Mejoral.

“Si te portas bien, te regalo una pelota cuadrada.

Si te bañas, te regalo una pelota cuadrada.

Si te duermes temprano, si no lloras, si sacas buenas calificaciones…”

Siempre obedecí e hice todo lo que me indicaba esperando mi pelota cuadrada.

Un día se fue y nunca lo volví a ver, no sé nada de él, pero lo recuerdo y lo extraño.

Ahora que soy una buena niña pienso que quizá es tiempo de buscarlo y pedirle la pinche pelota cuadrada.

Gula

Por: Aglaya Razo

 

Estaba fría y con la mirada colgada en una esquina cuando él llegó.

–Desnúdate– le ordenó, pero le arrancó la ropa.

Le gustaba verla asustada, nula, indefensa, en el suelo. Pasó la navaja entre sus muslos y cortó un pedazo; voraz lo metió en su boca y, mientras lo masticaba como un manjar, se acercó a su oído y le dijo en voz muy baja: “Eres mala”.

Querido gatito

Por: Carlos Marín

Querido gatito: después de bufarte las reglamentarias 484 veces debo, muy a mi pesar, darte la bienvenida a la casa.

Como seguro ya notaste, tenemos 3 humanos: la niña, la gordita y el gordito. Los últimos dos son los que merecen que los trates mejor, porque son ellos quienes dan la comida y los premios.

Hay varios tipos de comida en la casa; las perlas deshidratadas con sabor a carne y verduras son la más común. Creo que nos la dan porque nos están entrenando para enviarnos al espacio; prácticas en caso de Apocalipsis, pero muy artificiales para mi gusto. Es decir, ¿en verdad esperan que crea que ese pequeño grano café contiene zanahoria, brócoli y carne de res? En fin, me lo como porque supongo que será útil cuando el plan de dominación mundial gatuno entre en su fase 1 (¡shhhhh!, te lo contaré cuando seas más grande).

La comida verdadera es pescado húmedo. Es tan valiosa, que los humanos la guardan en pequeñas cajas fuertes metálicas que no son susceptibles a ninguna combinación de colmillos y garras. Los humanos parecen tener una herramienta especial para abrirlas, la cual no he podido encontrar.

Ahora que lo pienso, creo que esos dos son los únicos tipos de comida que han servido en mi plato… aburrido. Como a mí me gusta tomar los asuntos en mis propias garras, me di a la tarea de que los humanos me den siempre de lo que estén comiendo. No necesariamente porque quiera comerlo, sino más bien para reafirmar que mis deseos son órdenes. Tengo que aceptar que algunos de sus platillos son muy buenos: pan, queso, uvas, mango, jamón, pizza, hamburguesas y sushi son algunos de mis preferidos.

Tengo la costumbre de ser recíproco con los humanos cuando me dan algo que me gusta; les he traído 2 iguanas, un pájaro, 4 lagartijas y una rata a medio comer (larga historia, no preguntes). Por la rapidez con la que recogen esas cosas del piso y el tono en el que dicen mi nombre, creo que a los humanos les encantan estos regalos.

Querido gatito; hay dos baños en la casa. Sigue siendo un misterio para mí cómo amanecen limpios cada mañana. Creo que son aliens. Aunque alguna vez otro gato me contó que son los humanos los que recogen lo que hacemos. Sí, sí, yo también me pregunté por qué harían eso. Esa misma inconsistencia fue la que me hizo descartar esa teoría.

Los humanos no usan los mismos baños que nosotros. Ellos usan un gran tazón de agua que hay en uno de los cuartos. ¡Jaja!, cuando era un gatito pensaba que se sentaban a tomar agua. Tras inspeccionar meticulosamente su comportamiento, me di cuenta de que no es así y aprendí que debemos acompañarlos siempre que entren a ese cuarto. Todas-y-cada-una de las veces que vayan. Es nuestro deber recordarles que eventualmente tienen que levantarse y estirar las piernas. Una vez olvidé acompañar a uno y el pobrecito estuvo ahí como una hora. A pesar de tener lenguas, ellos usan el papel de trasero. El papel de trasero es excelente para jugar, otra razón por la que debes acompañarlos siempre.

Querido gatito, además de esa, tenemos muchas otras tareas. Cada noche los humanos se postran en nuestras camas y se vuelven inútiles numerosas horas. En serio, sólo se quedan ahí haciendo nada, es como una especie de magia negra. Es nuestro deber darles respiración de boca a boca y RCP. Si eso no funciona, dales un masaje en los cachetes. Recuerda, cada vez que despiertan es porque nosotros los salvamos.

También debemos bañarlos. Es posible que la lengua de los humanos sea totalmente inútil. ¿Sabes?, a mis cinco años todavía no sé cómo se siente que te bañe un humano. Creo que sólo se bañan entre ellos: una vez vi que el gordito se lo hacía a otra humana, pero su técnica era terrible. No había terminado de dejar bien ensalivado un lugar antes de moverse a otro. Además, sus lengüetadas eran inconsistentes, a veces anchas a veces angostas y con cambios de cadencia. Quise intervenir en cuanto me di cuenta para corregirlo, pero se detuvieron cuando salté a la cama. ¿Sabías que además de su lengua, su nariz también es de adorno? En fin, estoy divagando, disculpa. Para evitar la fatiga prefiero ponerme patas a la obra cuando están acostados. Las largas horas en las que se quedan haciendo nada en la noche son las mejores para esta tarea.

Querido gatito, un último tip: sé que los cables y las bolsas de plástico se sienten genial en las garras y los colmillos, pero ten cuidado de no tragarlos; en realidad son un vomitivo. O al menos todos los que he probado tienen ese efecto. He notado que hay diferentes tipos de plástico e, igual que con la comida, me he puesto el reto de probarlos todos. Tú déjame esa aventura a mí, te avisaré cuando alguna prueba salga bien.

Querido gatito; hay muchas más cosas que debo enseñarte, pero las cubriremos después.

Bienvenido a la casa, vas a ver que vas a estar bien.

Escríbeme

Por: Genrus

—Por favor, escríbeme.

Lo dudé por un segundo. Respiré profundo. Sí noté que me tembló un poco la mano cuando tomé la pluma. Sí sentí cómo rompió la tensión superficial de la tinta antes de sumergirse en ella. Sí pensé mucho en nosotros mientras escurría esa gota agolpada en la punta, en la boca del tintero.

—Necesito que te quedes muy quieta —le advertí.

Asintió con la cabeza y en silencio, mientras se alisó por enésima vez el cabello que caía por delante de su hombro derecho. Viéndola allí, sentada de espaldas en mi silla y apoyando sus brazos en el respaldo; sentí una responsabilidad enorme. ¿Qué carajo voy a escribir en esta piel inmaculada con veintipoquitos años en el mundo?

—Escríbeme algo lindo—, insistió.

Sé que llevábamos semanas deseando mucho este momento, pero me estaba resultando un poco más difícil que cuando lo conversamos. Sentí su reflejo pilomotor apenas acerqué el borde de la mano al nacimiento de su nuca, lo sentí mientras atravesó el espacio entre sus omóplatos y descendió por su escalera lumbar hasta el descanso de su hueso sacro.

—¿Por qué cuando dibujan hacen eso? —inquirió.

—¿Hacer qué?

—Eso que estás haciendo; eso que hacen con las manos. Como si alisaran el papel, como si le quitaran las migajas, pero sin tocarlo. ¿No te has visto haciéndolo? Pensé que era un ritual o algo así.

Le expliqué que la vista y la mano perciben el espacio de maneras diferentes, y que eso era una forma instintiva de sincronizarlos, pero la verdad es que todo fue porque no tenía puta idea por dónde empezar. Había pensado más o menos qué quería escribirle pero aún no elegía la primera palabra. No es una decisión que deba tomarse a la ligera. No sólo porque la primera letra de esa primera palabra es una capitular que debe dibujarse a detalle, sino porque es también la llave que deja correr al resto del texto.

—Me gusta mucho lo que haces, ¿te lo he dicho? Podría pasarme toda la noche… No, toda la vida escuchándote escribirme cosas bonitas. Porque cada vez que tú me escribes yo te escucho, ¿sabes? No sólo le pongo tu voz a las palabras, también escucho cómo sacas las hojas, cómo la pluma araña el papel, cómo respiras y hasta cómo a veces tuerces la boca mientras lo haces.

Entendí que intentaba animarme y también que las palabras no estaban siendo el problema. El problema era lo mucho que me estaba costando concentrarme con su presencia; tangible, encimosa y vuelta verbo. ¿Qué hace esta niña aquí conmigo, dejándome escribirla?, ¿cómo fue que la dejé entrar a mi vida, y además, le permití morder y jugar con mis pinceles en sus labios?, ¿en qué momento dejó regados los nervios y la ropa esparcidos en mi estudio?, ¿en dónde me acomodo ese olor a manzanilla y primavera que le escurre entre las piernas?

—Moría por hacer esto contigo —, murmuró.

Sujeté su hombro con la mano izquierda e intenté poner en palabras lo que solía ser mi vida antes de que llegara a contagiarme su desorden. Pensaba en cómo usó columpios y elefantes para explicarme el infinito, en el hilo de su voz en el laberinto de mi oreja, en sus manos con pulseras de colores arañándome los años, en su boca de amaranto y mandarina descendiendo por mi cuello, en las flores del vestido desplomado en sus tobillos. Hice como pude para darles forma sin caer en el estruendo de las ganas contenidas, para hacer que conservaran su sentido antes de que los significados estallaran y nos salpicaran en la cara, para dejarlas describirnos justo antes de fundirse en el corpus del sudor y la argamasa del deseo y la inocencia.

—Haces que se me ponga rojo el corazón, ¿lo sabes? —Concluyó sonriendo.

—Sólo transcribí un par de frases hechas —musité.

—Hablas como si ya estuviéramos escritos —, reviró, antes de encajarme su mirada y hacernos comenzar de nuevo.

Pensé entonces en mi vida averiada en medio del desierto, y en esa niña rubia que llegó de súbito a pedir que le escribiera. En que el viejo truco de la caja agujerada no la satisfizo, y me puso a construirle un mundo dentro. En todo lo esencial y lo invisible que alcanzamos a tocarnos, en cómo hicimos brincar al elefante antes de entrar en la serpiente y volvernos un sombrero.

—Me pareces tan bonita, que a veces siento como si estuviera imaginándote —, confesé.

—No lo creo. Tienes una manera de desnudar con la mirada, que ojalá se tratara sólo de la ropa. Prométeme que si un día cuentas esta historia, vas a sonreír justo como ahora.

Cerré los ojos y seguimos hasta que nos acabamos la última de las estrellas.