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Su vida por una naranja

Por: Paty Anaya

Escurría su mano para soltarse de la jaula de seguridad de su madre y correr hasta el árbol en la orilla del eje vial, para después de mirarlo por el arco de cejas y pestañas, arrancar una pálida naranja.

Ese naranjal era lo mejor de su mundo, lo más grande, tan alto que estaba segura que tocaba el cielo. Sabía que desaparecería si no lo veía, si no comía sus naranjas. Ahí había enterrado, en una caja de cerillos de madera de esas grandes, a Tábata, la elegante y negra tarántula que fue su primera mascota. Dos sobrevivientes que se miran en consuelo y compañía y nadie se da cuenta.

Más adelante, con naranja en mano, cruzaba a toda velocidad por la rebanada de sol que hacía la reja azul antes de cerrarse, y mientras escuchaba el sonido de metal y el chillido que le dividía el mundo en dos, volteaba más rápido que su cabello, así a medio rostro, para lanzar la última sonrisa del día.

–Te quiero, má, ¡de aquí al árbol!

El recreo devolvía vida y conciencia en el aburrimiento cotidiano y junto con el tin tin tin de la campana salía la primera, con la fruta en los labios a tomar lugar en una jardinera, mirando de uno a otro lado, muñecas y balones. 

Una mañana, su madre ante el ritual de las naranjas, le prohibió comerlas:

–Están muy pálidas ¿qué clase de naranjas pueden ser si crecen con tanta contaminación y ruido? Te podrías enfermar …¿me entiendes? 

Pero no, no entendió.

Al paso de los años, los sentimientos se le hicieron electricidad que le electrocutaba el cuerpo y las sonrisas se le convirtieron una a una en luna menguante. El mundo dolía, el ruido dolía, la gente dolía, todo se sentía cien veces en la piel. 

Casi cualquier cosa le perforaba los huesos, le quebraba la voz… y aunque nunca las naranjas supieron igual,  un jugo recién hecho o el olor fresco de naranja podían hacerle olvidar un ratito todo lo demás. 

Ahora muere de tristeza y no lo sabe. Pasó de largo ese reportaje: “La tristeza de los cítricos”. Closteroviridae, un virus que chupa poco a poco la savia de los naranjales y otros árboles… no se detuvo a leerlo, pues la curiosidad es algo que se le fue con la infancia.

…pero si sus ojos se hubieran fijado, al menos sabría que muere de contagio.

Está de pie frente a un ventanal, en la orilla de la vida, pálida, mujer con vientre aún de niña, sonriendo con el cabello a medio rostro.

–¿Me alcanzas la naranja?

–Ahora te consigo una hija.

–Te quiero, má, de aquí al árbol.

Autor

admin@tedequerer.com.mx

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