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La Matainfancia

Por: Mateo Muñoz

Nada es igual desde que la casa está llena de fantasmas. Yo sabía que leer ese libro no era buena idea, Cristopher insistió; ahora el cobarde no sabe qué hacer. Mi padre no me creyó, pero cuando mi perra comenzó a ladrar y el libro levitó, mi mamá sí. 

No lo podía creer; parecía un sueño. Intenté despertar, pero fue imposible; era real. Todo se caía cuando se llevaron a Kiki, la fantasma apareció y dijo:

–Me la llevaré para siempre. ¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!

 Todos huyeron, excepto yo que me había paralizado, mamá me jaló y grité:

–¡Kiki está volando por los cielos!

Era un espectro extraño; tenía la nariz larga, una melena entre roja y naranja, como sopa Maruchan, su mirada furiosa apuntaba hacia mí mientras que su único diente blanco subía y bajaba al compás de su respiración. 

Me llené de pavor y no sabía qué hacer, mi familia había comenzado a empacar con desesperación algo de ropa, lo que podían encontrar en medio de tremendo susto, y mientras todos corrían y gritaban yo no podía dejar de observar a la fantasma.

Era horrible, de sólo ver su sonrisa me daban nauseas, pero algo en ella me era muy familiar. La fantasma se movió con brusquedad al pizarrón del comedor y con su dedo maléfico comenzó a escribir una serie de ecuaciones que yo tenía que  resolver para salvar a mi perra. 

¡Claro! La horrorosa fantasma era nada más y nada menos que mi terrible y malvada maestra Susana, mejor conocida en el bajo mundo Salesiano como “La Matainfancia”.

Aún no sé si seré capaz de resolver esas ecuaciones para salvar a la pobre de Kiki. ¿Ustedes creen que pueda lograrlo? 

Comentarios

José luis
abril 30, 2019 a las 9:17 pm

Muy padre relato, felicidades



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